Anécdota de vuelo: hombre devoto, parte 2

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11 de Diciembre, 2016
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Por Horacio Parragué B., Club Universitario de Aviación.

Algunos lectores de ModoCharlie han comentado, por escrito o me lo han dicho personalmente, que el relato titulado “Hombre devoto” quedó trunco y que están curiosos por saber cual fue el problema y como siguió la historia. Así es que con gusto les presento la no planificada segunda parte:

Descapotado el motor, se lo sopleteó prolijamente, con aire comprimido, así como el cortafuego y el fuselaje. Esta labor tomó un considerable tiempo, ya que se quería eliminar todo vestigio de aceite para detectar, así, el lugar donde se producía la fuga. Se examinó tanto el aceite remanente como los filtros en busca de residuos de metal o impurezas, nada se encontró, dándonos la tranquilidad que el motor no había sufrido daño.

Dotado ahora con aceite hasta su máxima capacidad, el sufrido motor encendió sin ninguna dificultad, diría que con hasta alegría. Todos sus parámetros normales, sin duda la aguja mas entusiasta era la del indicador de presión de aceite, que así se absolvía de nuestras injustas sospechas del día anterior. Después de meticulosas pruebas del motor, se lo detuvo y se le revisaron hasta sus partes mas íntimas, no encontrándose ninguna filtración o fuga de aceite.

Sorprendidos por este resultado, no hubo otra alternativa que hacer una prueba mas prolongada y así alcanzar una temperatura de aceite cercana a la que se tendría en vuelo. Por varios minutos se hizo funcionar el motor hasta que se estimó que la temperatura era la necesaria.

¡Y adivinen qué! ¡No se encontró fuga alguna! Nuevamente se encendió el motor y se lo tuvo funcionando por un tiempo aún mas prolongado. Mirando la parte inferior del motor, a contraluz, y contra el fondo oscuro de un hangar abierto, se vio de pronto una mota de humo azul en el chorro de aire producido por la hélice. Ésta fue seguida por otra, por otra y por otra, hasta convertirse en una estela continua de humo azul.

Revisado nuevamente el motor, se encontró que la fuga de aceite se producía por una pequeñísima fisura en el radiador de aceite, tan pequeña que a simple vista no se distinguía fácilmente.

La solución era simple: ¡Se cambia el radiador! Pero el problema era que no tenían repuesto del radiador y había que traerlo desde Miami, con una demora de unos tres días. Por nuestra parte, nos comunicamos con el dueño del avión para que nos enviara el dinero para pagar el repuesto y el trabajo. Tras lentos tres días llega el repuesto, se lo instala y se hacen las pruebas en tierra y en vuelo sin novedad. Al momento del pago, no aceptaron el cheque del propietario y hubo que ir a un banco de la ciudad a cobrarlo en efectivo. Duda razonable, considerando que éramos desconocidas aves de paso.

Por otra parte, el estar preocupado del avión, de probarlo en tierra y en vuelo, de la llegada sin fecha fija del repuesto y del dinero, con mucho trecho por recorrer, con poca plata en el bolsillo y obligados a cambiarnos a un hotel bastante mas barato; no dejan tiempo y tranquilidad para disfrutar de las blancas playas de coral, ni de las azules y tibias aguas del Caribe, ni de la sombra de las verdes y ondulantes palmeras, ni de los distintos tonos, y también ondulantes, de las bañistas.

Finalmente, con el avión listo, continuamos el interrumpido vuelo, haciendo una tranquila etapa de tres horas cincuenta minutos hasta Barranquilla, sin la mas mínima pérdida de aceite. Ahora, para recuperar el tiempo, se decidió hacer dos etapas diarias hasta Santiago. Esto implicaba tener que lidiar cuatro veces al día con funcionarios de aduanas, policías, sanidad, administrativos, etc., etc. en oficinas distribuidas por todo el edificio del terminal, parapetados tras ventanillas y mesones; sin el menor interés por la fatiga de la tripulación, por las demoras, por el deterioro de las condiciones meteorológicas, por dar recibos por cobros por estar fuera de dudosos horarios de atención, pero si muy interesados en obtener sus copias del manifiesto y otros documentos que mantienen inflados sus archivos y sus egos. Al final de cuentas, como en todas las reparticiones, el que se supone ser el servido pasa a ser el servidor.

La primera de estas jornadas fue Barranquilla – Cali – Guayaquil en nueve horas cuarenta y cinco minutos, Guayaquil – Trujillo – Lima en siete horas cuarenta minutos, Lima – Arica – Antofagasta en ocho horas quince minutos y finalmente Antofagasta – La Serena – Santiago en cinco horas treinta y cinco minutos. Si a estos tiempos de vuelo se le agrega el tiempo de traslados y trámites antes y después del vuelo, se tendrán unas agotadoras jornadas.

Como el destino final era Puyuhuapi, después de un merecido descanso de tres días, completamos la última etapa Santiago – Temuco – Puerto Montt – Puyuhuapi en siete horas quince minutos.

Nos estaba esperando el piloto, quién nos trasladó en una rápida lancha a reacción de chorro de agua desde el aeródromo hasta el hotel de las termas. Allí disfrutamos de una buena cena de mariscos y más tarde admirando, mientras nos bañábamos en una magnífica piscina termal, el fiordo de Puyuhuapi y los Nevados de Queulat iluminados por la luna. ¡Una buena recompensa para el cuerpo y el espíritu, después de las tensiones y fatigas de semejante viaje!

Al día siguiente, regresamos a Puerto Montt en el avión, ahora como pasajeros del piloto y su familia, y después de las despedidas viajamos toda la noche en bus a Santiago.

El avión siguió volando sin problemas por mucho tiempo, con las consiguientes revisiones. Mas tarde supe que hubo que cambiarle un metal de bancada y que finalmente lo habrían restituido a su configuración original de tren fijo triciclo.

Pero cualquiera sea su historia, estoy seguro, nuestros momentos mas dramáticos los volamos juntos.

Horacio Parragué B.
Santiago, Octubre de 2016.

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