Mi visión de la Navegueta 2017 al Uruguay, desde Ovalle (1a parte)

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16 de noviembre, 2017
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Por Roberto Dabed, imágenes del autor y Marcelo Rodríguez.

Meses antes de levantar ruedas, en el matrimonio de un buen amigo aviador, el grupo de pilotos de Villarrica me comentaron sobre la Navegueta 2017 al Uruguay, dando inicio a este proyecto que se vio felizmente coronado tiempo después.

La idea sonaba sencilla, organizada por el gran piloto argentino Héctor Freyre y sus secuaces (no los nombro de a uno para no olvidar a nadie), consistía en volar desde Chile hasta la remota frontera uruguaya con Brasil, pasando antes por ciudades de Argentina y del mismo Uruguay. La idea fue tomando forma hasta que nos decidimos a sacarle un poco de lustre al IFR, internacionalizando nuestra base, el aeródromo de Ovalle (El Tuqui) para realizar un proyecto inédito: el primer vuelo internacional con origen en nuestra ciudad.

Muchos correos y llamados fueron necesarios, pero contra todo pronóstico, la DGAC Chile se mostró entusiasmada, tal vez tanto como nosotros y nos apoyó emitiendo el decreto correspondiente. De ahí en más, la cosa fue cuesta abajo; la PDI y Aduanas se plegaron alegremente comprometiendo el apoyo que se materializó esa fría y nublada mañana del jueves 26 de octubre, que quedará grabada a fuego no solo en nuestros recuerdos, sino que en la historia de nuestra ciudad, así como también en los anales de nuestro club y la historia aeronáutica que ha escrito el Club Aéreo de Ovalle por casi 80 años. No debemos dejar de mencionar también al alcalde Claudio Rentería y al gobernador Vladimir Pleticosic, quienes ayudaron a destrabar los pocos nudos que tuvimos, así como también alentándonos en los momentos de dudas, que no fueron pocos.

Cruzar el cerro, atravesar la cordillera es una empresa acojonante, ya que, si bien los números dan por todos lados, el fiel Cirrus SR22T tiene capacidades de sobra para realizar esa misión; la cordillera tiene un halo místico coronado por cientos de historias de aviadores avezados que en sus bitácoras registran cientos de cruces, muchas de ellas terroríficas, en aviones más grandes, más rápidos y más potentes que el nuestro. Muchas horas de losa gastamos planificando, haciendo los cálculos, revisando meteo para terminar soñando como iba a ser ese vuelo.

La historia se comenzaba a escribir así meses antes, pero el momento de la verdad partió el miércoles 25, cuando aterrizado de un viaje internacional, vi que el avión aún no estaba listo. Todo ese día lo gastamos en terminar las ultimas regulaciones en el CMA para dejarlo dentro de parámetros, para terminar la revisión anual que nos daría la tranquilidad necesaria para las largas jornadas de vuelo que se avecinaban. Cuando la esperanza flaqueaba, logramos tener los parámetros necesarios, es así como ese día levanté vuelo en solitario a última hora de la tarde para posicionar el pájaro en Ovalle y reunirme con el piloto Marcelo Rodríguez, con quien compartiríamos cabina por los próximos días, llegando casi al filo, para hacerlo descansar para el viaje que comenzaba al día siguiente. Esto afectó la preparación; al tiempo que queríamos darle a estudiar cartas, a cargar el avión con todo lo necesario, no lo tuvimos por lo que nuestra historia comenzó alterada; con carreras y prisas poco recomendables, ¡pero las ansias, las ganas y la planificación ya estaban hechas hace semanas!

El día aquel, jueves 26 de octubre comenzó temprano, con pocas horas de sueño ya que la noche anterior fue difícil conciliarlo producto de los nervios propios de una aventura de ese calibre. A eso de las 7 de la mañana ya estábamos abriendo las puertas del hangar, para proceder a cargar combustible, a instalar todo lo necesario, soportes, tablets, GPS, fonos y un cuanto hay que nunca es suficiente a los ojos del piloto. Antes de las 8 y según lo acordado nuestro Cirrus reposaba en la losa, con todo listo y esperando a las autoridades que debían concurrir a realizar los trámites de rigor, quienes puntualmente y según lo acordado se apersonaron en el Aeropuerto (por ese día) El Tuqui, donde luego de un café, alguna conversación intrascendente y poco más, procedimos a realizar los trámites migratorios y aduaneros que nos permitieran salir del país. Para el recuerdo quedo el timbre de la PDI en el pasaporte donde se lee claramente y en una página en blanco: PDI Ovalle Extranjería. Será un recuerdo imperecedero de esa primera vez que nuestra ciudad tuvo un aeropuerto.

Terminado los trámites de rigor, y contrario a la meteo habitual en la zona, la neblina no quería disiparse, por lo que a eso de las 9.30 y ya con varias horas de nerviosismo decidimos con mi compañero, piloto y amigo Marcelo Rodríguez, levantar el vuelo y arreglar la carga en el camino. Despegamos poco antes de las 10, y con proa al VOR de Tongoy cruzamos la capa que resulto delgada en ascenso para el FL200 que nos engancharía en la aerovía que va de Tongoy a San Juan, pasando por el punto MIBAS, situado en medio de la cordillera. Como recuerdo, antes de despegar revisamos una de las máscaras de oxígeno, la que no funcionaba (¡la mía!) por lo que decidí usar la cánula, certificada hasta FL190, pero que a la luz de los resultados cumplió su objetivo cabalmente.

Retomo el relato en el ascenso, el cual fue sin novedades, salvo la notificación a la torre de La Serena del despegue del CC-PRB desde el aeropuerto de Ovalle, quedando prometido en frecuencia un asado que aún no cumplimos con los torreros de nuestra región. Nivelados en FL200 iniciamos el cruce del cerro, una experiencia única. Se respiraba tensión en la cabina, pero los casi 60 nudos de viento a favor que tuvimos hicieron que la experiencia, salvo un par de barquinazos, fuera breve y no generara en la tripulación traumas permanentes. El descenso a San Juan fue a FL190 nivel que mantuvimos hasta Córdoba (SACO), nuestra primera parada, ¡teniendo GS de hasta 260 nudos! Algo nunca visto para nuestro pequeño monomotor, lo que nos hizo cubrir los casi 900 kilómetros que separan Ovalle de Córdoba en alrededor de dos horas, coronadas por una aproximación ILS que remató un vuelo perfecto.

En este punto me detengo un momento, ya que nosotros estamos acostumbrados a las facilidades del sistema aeronáutico chileno, el cual a pesar que a veces jode y no poco, entrega facilidades al vuelo que uno nota cuando sale del país. Es así como pedimos el metar de Córdoba y Concordia, primero a Mendoza Control, luego a la torre de San Juan para ver como pasaron más de 30 minutos para tener una información tan simple y sencilla disponible en la cabina. El contraste con los servicios chilenos era bastante, y se notaba. Pero al fin arribamos a Córdoba en conjunto con un grupo de unos 7 aviones chilenos más, Bonanzas en su mayoría, que venían desde Tobalaba. Contra lo esperado el trámite fue breve, y luego de poco menos de dos horas, pudimos emprender nuevamente el vuelo, ahora con rumbo a Salto, Uruguay. Las imágenes de ese vuelo en mi mente son vívidas, con nubosidad quebrada y formaciones veleidosas de nubes como no estamos habituados en nuestro norte.

El vuelo a Salto fue por VFR controlado, cosa no usada en nuestros pagos, y la llegada aprovechamos de soltar las manos con un RNav a la pista en uso. Llegar sobre el río, fue una postal preciosa, poniendo nuestras ruedas en el aeropuerto internacional de Salto, Uruguay a eso de las 17 horas app. El trámite nuevamente fue rápido, cargamos combustible, amarramos y nos dispusimos a conocer la ciudad, donde difícilmente volvamos, toda vez que no es una ciudad turística pero que tiene un encanto difícil de describir. Nos alojamos en el Hotel Casino Salto, pertenecientes a la misma cadena de Ovalle Casino Resort, con el cual mantenemos convenio. Siendo ya las 19 y pasadas nos dispusimos a almorzar, estando en Uruguay lo lógico era carne, acompañada de un litro y luego otro de Patricia… estábamos celebrando el primer vuelo internacional y ya habíamos llegado a Uruguay, la mitad de la tarea estaba cumplida.

Continuará.

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