Navegueta 2017 rumbo al Uruguay desde Ovalle (2a parte)

POR

18 de noviembre, 2017
POR ,

Por Roberto Dabed, imágenes del autor y Marcelo Rodríguez. Primera parte en este link.

Al día siguiente, no muy temprano, luego de un buen desayuno en el hotel nos dirigimos a la pista, donde verificamos las condiciones de nuestro Pegaso para emprender un corto vuelo a Arapey, destino donde comenzaba propiamente tal la Navegueta; vuelo que no demoró más de 20 minutos para cubrir los poco menos de 60 kilómetros que separan Salto de Arapey. La llegada fue complicada, especialmente por mi poca costumbre de operar en pistas que no estén asfaltadas (esta era de pasto) pero afortunadamente la pista estaba compacta por lo que suavemente posamos nuestro avión para desahogar por un lateral cerca del hotel. Mas de 60 aviones ya estaban encarpados y amarrados, tripulaciones que se nos habían adelantado, y otras 20 llegaron posterior a nosotros. En este punto hay que destacar el hotel elegido por la organización, un lugar mágico y precioso con todo incluido más ocho piscinas termales donde pasamos el resto de aquel día. Un lugar recomendable totalmente, ojalá poder volver (Termas de Arapey Golf & Spa Resort)!

Al día siguiente se presentaba otro desafío, a la cantidad de aviones que salía (cerca de 80) en Navegueta, había que sacarlo ahora de la pista de pasto, donde los 800 metros de la pista se hacían a todas luces complejos, así como también la meteo de nuestro destino, Rivera, que presentaba techos bajos. Dedicamos varios minutos a mirar los despegues mientras revisábamos al nene; no es habitual que duerma afuera, por lo que el prevuelo fue extenso y minucioso. Todo este ritual fue acompañado de manera respetuosa pero activa por una gran cantidad de curiosos, lugareños y huéspedes del hotel, quienes formaron una especie de barra para ver nuestro despegue. Como si no tuviéramos suficiente presión! Carreteamos al cabezal, con viento cruzado, y nos tomamos otros 80 metros más allá del cabezal, toda distancia servía. Cuando estábamos próximos a comenzar la carrera de despegue, uno de los navegueteros notifica que venía de vuelta con un problema por lo que tuvimos que salir del eje para permitirle aterrizar con espacio.

Posterior a su arribo, que fue sin novedades afortunadamente, llevamos con decisión las palancas al tope mientras nuestro brioso Pegaso respondía alegremente al estímulo. Comenzó la carrera de despegue mientras veíamos metros y metros pasar por nuestro lado sin llegar a la Vr. Cuando ya sobrepasábamos a nuestra barra, ubicada en la medianía de la pista, suavemente sacamos el avión del suelo, con el pito de stall haciéndonos saber que aún faltaba para estar seguros, pero con el efecto suelo pudimos ganar velocidad y al final de la pista iniciar una pronunciada montada con viraje para tratar de entretener a los que nos miraban desde el suelo. Creo que lo que a mí me pareció un ascenso casi acrobático, debe haberse visto desde el piso con la gracia de un cachalote, pero por lo menos estuvo la intención de parecer acrobáticos.

El viaje transcurrió sin novedades, volando a poco más de 1.000 pies, justo rozando la densa capa de nubes que nos acompañaba ese día, y que ya cerca de Rivera se hizo aún más tupida. Sin embargo, en un país plano como Uruguay, donde no teníamos cerros a la vista para referencia no significaba esa altura ningún problema. La llegada fue pisándole la cola a un Robinson 44, mientras pirateaba la RNav de Rivera; no había que desaprovechar ningún momento para practicar las habilidades instrumentales que podrían servir más adelante en el mismo viaje.

Llegados a Rivera, pasamos a una viña, en un paseo preparado por los organizadores; si bien la atención fue esmerada y la comida exquisita, para nosotros, provenientes de la cuna del buen vino, solo los blancos pasaron la prueba, mientras que los tintos uruguayos quedaron por largo al debe. Posterior a eso enfilamos nuevamente hacia un hotel de la cadena Bolt Peralada; el hotel Rivera Casino, donde pudimos reposar los huesos y terminar la noche alegremente primero alrededor de una mesa y luego cerrarla magistralmente en torno a unas botellas de Pisco Ovalle en el pub del hotel, jolgorio que se extendió hasta entrada la noche.
El domingo siguiente, la noche nos pasó la cuenta y fuimos el ultimo avión en salir de Rivera con rumbo a Jagüel, Punta del Este, sin embargo, a los pocos minutos de vuelo un sensor del avión tomó decisiones propias y dejó de funcionar, lo que nos obligó a retornar a la pista para revisar la situación.

Luego de chequear las conexiones, notamos que solo se había soltado uno de los muchos sensores con los que cuenta nuestro pajarraco, por lo que después de un tiempo pudimos retomar el viaje: no sin antes revisar nuevamente las conexiones y realizar las pruebas en tierra que nos dieran la seguridad necesaria para volar tranquilos; sin embargo, ahora con destino a Montevideo ya que no tenía caso llegar al postre en Jagüel, donde aterrizamos luego de algo más de una hora de vuelo en un aeropuerto internacional abierto a la aviación general (Adami) donde todo fue lo suficientemente expedito para cerrar el avión y dirigirnos al hotel en poco tiempo, dejando el plan de vuelo presentado para el día siguiente.

Ya las horas de vuelo y de Navegueta pasaban la cuenta, mientras que el clima amenazaba toda la zona norte del gran continente argentino como le gusta llamarlo a sus naturales, instalados en la capital oriental barajábamos las opciones de volver a casa; mientras que Córdoba aparecía en el horizonte como con altas probabilidades de tormenta, Mendoza se nos aparecía como la mejor opción para volver al terruño, aunque eso implicara volar a través (sobre, idealmente) del Cristo Redentor, ruta que se nos hacia desconocida y que no auguraba un vuelo tranquilo, más aun considerando que es un cruce flanqueado por altas montañas.

Finalmente, el lunes el movimiento comenzó temprano, antes de las 7 ya estábamos tomando desayuno para dirigirnos al aeropuerto y comenzar el largo recorrido a casa. Un Uber nos llevó al aeropuerto donde comenzó el retorno, trámites expeditos de aduanas y migración, para partir raudos bordeando el marrón Rio de la Plata que cruzamos sobre la isla de Timoteo Domínguez rumbo al aeropuerto de San Fernando en Buenos Aires, otro impresionante aeropuerto internacional para la aviación general que nos recuerda que a pesar de los ripios que tiene la aeronáutica en esas latitudes, especialmente en lo referido a información para la planificación, tienen una infraestructura que solo podemos soñar, pistas largas, aduanas permanentes y procedimientos instrumentales fueron la tónica en cada una de las pistas, todas ellas (salvo Montevideo y San Fernando) con una fracción de las operaciones que tenemos por ejemplo en Tobalaba.

(Continuará)

Únete a la discusión

Nos reservamos el derecho de eliminar y/o modificar comentarios que contengan lenguaje inapropiado, spam u otros. Los comentarios publicados no representan necesariamente la opinión de ModoCharlie.
  • Héctor Julio Freyre hace 4 semanas

    Muy buena síntesis de tu experiencia en “Navegeteando por Uruguay, Octubre 2017”

    Agradezco muy especialmente a todas la tripulaciones “CC” por haberse sumado.

    Todos muy buenos pilotos, muy buen espíritu y hermosas “máquinas”

    Ahora tenemos un nuevo y gran desafío “Navegueteando por Chile, a Puro Pacífico, Noviembre 2018”

    Héctor Julio Freyre
    LV JRA

    Responder |