Hoy son 100 años del vuelo de Dagoberto Godoy, cruzando los Andes por su parte más alta

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12 de diciembre, 2018
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En vísperas de la Navidad de 1918, más de 250 mil personas le tributaron en Santiago un recibimiento de héroe nacional por su proeza de cruzar la cordillera de los Andes por su parte más alta.

El 12 de diciembre de 1918, el joven teniente Dagoberto Godoy Fuentealba -de la recién creada Escuela de Aeronáutica Militar- enfrentó temperaturas de hasta 20 grados bajo cero, la falta de oxígeno a 6 mil metros de altura y fuertes turbulencias, hasta lograr aterrizar en Mendoza en un frágil avión Bristol de motor rotatorio de 110 caballos de fuerza.

El cruce de los Andes era entonces una suerte de competencia popular entre Argentina y Chile. Godoy y sus superiores aceptaron el reto y el 11 de diciembre de 1918, el joven oficial recibió en el Ministerio de Guerra la instrucción para que en la madrugada del día siguiente abordara la aeronave, de estructura metálica, cubierta principalmente de madera y tela, uno de los doce aviones adquiridos en Inglaterra por el Gobierno del entonces Presidente de la República Juan Luis Sanfuentes.

Las crónicas de la época y reportajes posteriores dieron cuenta de la vocación de aviador y el temple que mostró el Teniente Godoy para cruzar Los Andes y asombrar al mundo. Uno de éstos homenajes de la Prensa, bajo el título: “Godoy, el primer domador de Los Andes: Cuenta su vida”, escrito en 1943, con ocasión de los 25 años de la hazaña por Raúl Morales Álvarez, notable pluma del inigualable periodismo de la época, incluye una reveladora entrevista al legendario aviador, cuando ya tenía 50 años.

Mi Teniente chileno, con el ímpetu de sus 25 años dentro de 1 metro 65 con 57 kilos de peso – era el primer hombre que ganaba el espacio vital de las aventuras celestes sobre la alta cordillera. Voló sobre ella en un Bristol de 110 H.P., jadeante y tembleque que en las manos del viento, capaz de desarrollar hasta sus 180 kilómetros por hora, Estremeciéndose… Así logró Godoy el prestigio
religioso de la fama que conquistó su hombrada (sic).Rozó el Tupungato a 6.300 metros, en su viaje de Santiago a Mendoza. A un cuarto de siglo de distancia, el récord aún permanece intacto.

Cuatro mil cuatrocientos H.P. desarrollan los cuatro motores de los aviones Douglas – 320 kilómetros por hora – que unen en 45 minutos la capital de Chile con la verde ciudad de las viñas cuyanas, sus hélices zumban y cortan el aire más allá de los 4.000 metros. La hazaña de Dagoberto Godoy – larga de 6.300 metros – surge como una inasible nebulosa de dorado heroísmo y de hermosa locura, que siempre nos ensancharon el pecho. Por eso, las alas chilenas celebran el 12 de diciembre como su Día Nacional del Aire. En su homenaje, la revista “Ercilla” presenta armas con esta crónica, simple y humilde itinerario humano del prócer que le mostró al mundo, hace ya 25 años, la más alta estrella de Chile”, escribió sin reservas el premio nacional de periodismo.

Diecisiete años más tarde, en 1960, Dagoberto Godoy falleció en Santiago a causa de una bronconeumonía, recibiendo en sus funerales los honores de General de Brigada Aérea.

Minuto a Minuto del Cruce (Relato del propio Teniente Godoy)

-5.00 AM. Roncó fuerte en la partida el motor del Bristol, un monoplano y monoplaza, casi insignificante, apenas más que un auto, pero muy lindo. Una máquina macanuda a pesar de todo. Abrazos. Consejos. Palmoteos de hombros. Despedida de ojos brillantes.

5.10 AM. Despego desde El Bosque. Me elevé, recto, hacia los cerros de Chena. Así evolucioné sobre Lo Ovalle y San Bernardo, describiendo grandes círculos, una, dos, tres veces. El Bristol se portaba a la altura y entonces, como si hubiesen podido escucharme los compañeros que acababan de darme, allá abajo, una emocionada despedida, grité, con toda la fuerza de mis
pulmones sobre la noche: “¡Qué tanta vuelta y vuelta! Me voy, no más”. Y me fui directo hacia la cordillera de Los Andes.

5.15 AM. En la difusa claridad del alba, casi gris, casi blanca, aparecía al frente la montaña, rosada por un sol temprano. Allí estaba, desafiándome, hermosa, fuerte, gigantesca.”

5.20 horas: En las alturas pienso en la ruta del aire que elegiré para alcanzar la otra banda. En esa soledad, escucho los consejos de mi conciencia. Una voz es más calmada, menos impaciente, me dice: Ándate por Uspallata. Por allí pasó el Ejército Libertador. No seas tonto. Es lo mejor. Sólo tienes que volar bajo. ¡No hagas nada por matarte! Sería una locura.

5.25 horas: Rechazó esa voz invisible. Es un extraño y emocional diálogo –no monólogo que sostengo conmigo. No. No sería gracia hacerlo. Ya que estoy aquí, me iré por donde cueste más. Hay que ponerle el hombro no más. Y a la chilena. Eran las 5.30 de la mañana y el Bristol roncaba, entonces, sobre los cerros de San Ramón.

5.35 horas: Ya decidido a jugarme una sola carta, conduzco el Bristol en recta hacia el Tupungato. Un ligero jadeo en el motor me llamó fugitivamente la atención. Sólo entonces recordé que en el apresuramiento de la partida, nadie, ni siquiera él, se preocupó del combustible del avión exacto que requería el avión al remontar tanta altura. Tampoco sabía la cantidad exacta de bencina que
quedaba. Miré, entonces, mi escapulario ateo. Pero dejé intacto el coñac y apechugué, no más. Al rato, ya había olvidado el problema. Tenía la seguridad que el Bristol se portaría bien.

5.50 horas: La soledad, el silencio impresionante de la cordillera, que sólo turbaban los 110 caballos de fuerza del Bristol, me traen los recuerdos de Chile, que iba quedando atrás. Pienso: ¿Qué estará haciendo la gallada? Veo los rostros de mis compañeros y repaso mi vida. Hace frío, pero no lo siento. Desde su cabina abierta, respira el aire de las alturas. Son las 6 de la mañana y
ya está encima del Tupungato. Hay una mancha de nieve, cortada a pico, en uno de los desfiladeros del volcán.

Godoy pasa a su lado, a 6.300 metros. La realidad del hecho le alegra el corazón y le trae al alma un deseo de niño. “¡Con qué ganas me daría una vuelta de carnero sobre la nieve!” Lo dice en voz alta. Está feliz. Ya acaba de domar los Andes, hasta entonces invencibles, y tiene ganas de saltar, gritar, reír. La pampa verde y amarilla, alfombrada sin símil ni límite, surge quieta ante sus ojos. Pero en ese preciso instante – 6.10 de la mañana – aparece la primera falla de motor. Apenas hay bencina. Unas cuantas gotas.

6.15 horas: Reduje, entonces, el motor. La máquina se había portado bien y merecía un descanso. No pensé en el peligro que traducía la escasez de combustible, menguado con los segundos. “¡Qué diablos! En todo caso, lo más que me podría pasar era caer y matarme, y era lo de menos. Ya había triunfado. Ya era el primero que volaba sobre los Andes. Eso era lo importante para Chile y me sentí feliz.

6.30 horas: “Con el motor a gatas en los aires, seguí volando. Recordé otra de las fallas por el propio apresuramiento en la partida: No llevaba carta geográfica, pero no me sentí perdido. Me dije: Mendoza tiene que estar allá, y allá fui, orientándome casi a ciegas. No me equivoqué. Quince minutos más tarde – a las 6.45 de la mañana – divisé unos pequeños rectángulos desiguales. ¡Eran las primeras casas! Ya tenía un punto para guiarme.” Pero la aguja del estanque de bencina señalaba “empty” (vacío). Ya no quedaba nada de combustible.”

6.50. Comencé a planear sobre el poblado de Mendoza. Las calles se poblaron de curiosos, cara al cielo, contemplando el desconocido avión que les llegaba de visita. Sin bencina, el Bristol descendía cada vez más y más. Pasaba al ras de los techos, casi tocándolos. ¿Qué hacer? Sólo buscar un sitio donde aterrizar. “No lo divisaba en ninguna parte y comprendí que todas las piruetas del planeo tendrían que terminar, alguna vez, y bruscamente. Ya estaba sólo a 2 o 3 metros de las casas, cuando pude divisar y columbrar, hacia el noreste, un potrero llano. Era Campo Amarillo. Hacia allá dirigí el Bristol, como cojeando, cayendo y levantándose en el aire.

7.00 horas: Sobre Campo Amarillo, me decidí. No había ni era tiempo para titubeos. Había que adoptar una resolución definitiva, y lo hice. “Venga lo que venga – me dije – y senté la máquina. ¡Pobre y querido Bristol de 110! Había sido un magnífico compañero en la aventura lograda. De entre los hierros retorcidos y algo humeantes, con sólo una pequeña contusión en la nariz, emergí asombrando a los gauchos que pastoreaban en el campo. ¿De dónde viene Ud., patrón? Me preguntaron todavía pálidos. Grité: ¡De Chile, de Chile, viva Chile!

Todos me acompañaron en los vivas y repartí y me sometí a los abrazos, palmoteos, apretujones cordiales. Regalé mi reloj, le di a otro la botellita con coñac, que fue bebida a mi salud. Llegaron, en esos momentos, gente de la ciudad, jefes militares, autoridades civiles, y, más tarde, niños de las escuelas rurales con banderitas chilenas de papel. Algo simple y hermoso. El corazón se me
ensanchaba en el pecho. Sólo podía decir ¡Viva Chile! y ¡Viva Chile!

Fuente e imágenes: Fuerza Aérea de Chile.

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